Afuera de la mazmorra, Selith sonreía con esa satisfacción oscura que le recorría el alma cuando sentía que el poder estaba de su lado. Caminaba con calma, saboreando la humillación que acababa de imponer.
Los gritos de Narella resonaban en sus oídos como música.
—Así aprenderás quién manda, loba bastarda —murmuró, satisfecho.
Pero entonces, un estruendo sacudió el aire.
Un rugido que no pertenecía a ningún lobo ordinario.
La tierra tembló. Las paredes crujieron. Y los guardias se apartaron, tem