Rael sostenía entre sus dedos temblorosos ese pequeño frasco, como si en él guardara la última esperanza o la peor condena.
La luz tenue del aposento iluminaba el cristal con un brillo extraño, casi mágico.
Sus ojos se clavaban en la sustancia invisible que contenía, y la duda le carcomía el alma.
—¿Cómo sabes que este veneno funcionará, Bernard? —preguntó con voz áspera, cargada de incredulidad y miedo—. ¿Cómo lo creaste? ¿Quién te enseñó semejante oscuridad?
Bernard alzó una sonrisa torcida, e