Mundo ficciónIniciar sesiónLía lo perdió todo en una sola noche. Su novio, su dignidad y sus sueños se hicieron pedazos cuando descubrió la cruel traición que Kian planeaba contra ella. Huyendo de un destino de humillación, corrió a ciegas... directo a los brazos del único hombre al que todos temen. El Rey Magnar es una leyenda oscura: un Alfa letal, frío y solitario que ha jurado no volver a dejar que nadie toque su piel ni su corazón. Pero cuando encuentra a Lía temblando en su balcón, su lobo no ruge de furia, sino de reconocimiento. Por primera vez en años, el Rey no quiere matar. Quiere proteger. Él le ofrece refugio en su propia habitación, un lugar prohibido para todos menos para ella. Entre sábanas de seda y miradas que queman, Lía descubre que bajo la armadura del monstruo hay un hombre que ansía ser amado. Y Magnar descubre que la pequeña "sin piel" es la única capaz de calmar sus demonios. Pero el destino es caprichoso. Lía guarda un secreto en su sangre que podría convertir ese amor naciente en cenizas. ¿Podrá el amor de un Rey salvarla de su pasado? ¿O será ella la debilidad que finalmente lo destruya?
Leer másMientras se prueba su sencillo vestido, Lía no es capaz de imaginar que la noche que debe marcar el inicio de su vida, terminará siendo su sentencia de muerte.
El espejo de su pequeña habitación, en los barracones de servicio, le devuelve una imagen que apenas reconoce.
Acaricia la tela del vestido con dedos temblorosos. No es seda como los que usarán esta noche las hijas de los Betas y los Alfas de todo el reino. Es un satén azul pálido, rescatado de una caja de donaciones.
Ha pasado las últimas cuatro noches, bajo la luz de una vela robada, ajustando cada costura, estrechando la cintura y soltando el dobladillo para que parezca algo digno de una fiesta real.
—Te ves bien, Lía. Tienes que creértelo —susurra con tristeza.
Sus manos, ásperas por años de fregar los pisos de piedra del palacio y lavar la ropa de los guerreros, contrastan con la delicadeza de la tela. Y no deja de pensar que, en la manada Colmillo de Sangre no eres nadie si no tienes un rango.
Y ella es menos que nadie.
Para todos es una huérfana, hija de un padre muerto en desgracia y una madre que huyó con un amante. Para agregar más rechazo, a sus dieciocho años su loba aún no ha despertado. Y las sospechas de que sea híbrida, porque a su madre tampoco le conocieron loba, crecen cada día.
Pero esta noche todo eso va a cambiar. Esta noche, Kian la reclamará.
Kian no es un lobo cualquiera. Es un Beta de linaje puro, el hermano menor del actual Alfa de su manada, un guerrero de hombros anchos y una sonrisa que puede iluminar hasta el rincón más oscuro de su miserable vida.
Llevan seis meses viéndose en secreto. Encuentros furtivos detrás de los establos, besos robados y promesas susurradas contra su piel. Él sabe que su padre, un tradicionalista estricto, jamás aceptaría a una «sin piel», como suelen llamar a los humanos e híbridos sin lobo, y mucho menos a la hija de una traidora.
A pesar de todos los prejuicios, Kian le ha jurado que no le importa.
—Mañana por la noche será la Fiesta de la Diosa Luna, Lía —le dijo ayer, apretando las manos de ella entre las suyas—. Es la noche donde el destino se escribe. Cuando te reclame frente a todos, ni mi padre ni el Consejo podrán oponerse. La Ley de la Pareja es sagrada y tendrán que respetarla.
Se mira una última vez. Se ha soltado el cabello oscuro, dejando que caiga en ondas naturales sobre su espalda desnuda por el corte del vestido. No tiene joyas, ni maquillaje costoso, pero tiene esperanza.
Un rato después, se sube con otras muchachas a los vehículos que los transportarán al palacio, el que queda a unos cuantos kilómetros de la manada. Todas las demás la miran con recelo, asco y repulsión. Que una escoria como ella vaya al evento del rey les causa vergüenza.
Sin embargo, ella solo acata las reglas de la noche. Ningún joven de entre diecisiete y veinte años que no tenga pareja puede faltar.
Al llegar al palacio, se baja sin ayuda de nadie. La música de los violines y tambores ya resuena desde el Gran Salón del Palacio Real.
El Rey Alfa abre las puertas de su fortaleza para la celebración anual y los lobos de todas las manadas aliadas están aquí. Se dice que el Rey, una figura solitaria y temida por su brutalidad, presidirá la ceremonia este año.
La idea de estar cerca del Rey Alfa le causa un escalofrío, pero intenta ignorarlo. Su objetivo no es la realeza, sino quien está en los jardines de invierno.
—Si no me ve, no me verá como todos los demás, así que no tengo cómo ofender al Rey —se dice en un susurro, mientras camina solitaria hacia el interior.
Se desliza por los pasillos de servicio, evitando las grandes escaleras donde las debutantes exhiben sus vestidos de diseñador.
Al llegar al pasillo que conecta con la terraza del jardín este, el ruido de la fiesta se atenúa, reemplazado por el susurro del viento en los árboles y... voces.
Se detiene en seco antes de doblar la esquina al reconocer una de las voces. Es profunda, cálida, la voz que ha sido su ancla durante meses. Y otra le responde sorprendido.
—No puedes estar hablando en serio, hermano. ¿Esa cosa? ¿La lavandera?
—Sí, la lavandera.
El tono no es cálido, sino una carcajada fría, sin afecto. Lía se pega a la pared de piedra, sintiendo cómo la sangre se le hiela en las venas. Esa es la voz de Kian, pero suena como un extraño.
—Es una apuesta fácil, ya te lo dije —continúa Kian—. Mi padre me dejó claro que, si no dejaba de jugar a los enamorados con la huérfana, me enviaría a la frontera norte a patrullar con los Omega viejos. Debo cortar esto de raíz.
—¿Entonces cuál es el plan? —pregunta otra voz, es la de Jarek, uno de sus amigos de la guardia de élite.
—Simple. La cité aquí en diez minutos. Le diré que vamos a ir a un lugar privado para marcarla como mi pareja, antes de hacer el anuncio oficial.
—¿Y luego?
—Luego, los dejaré entrar a ustedes —dice Kian con una crueldad tan casual que a Lía le dan ganas de vomitar—. Ella está desesperada por pertenecer, por sentir que alguien la quiere. No se resistirá al principio, y cuando se dé cuenta de que no soy yo... bueno, será tarde.
Lía se lleva una mano a la boca para ahogar un grito. Las lágrimas comienzan a acumularse en sus ojos. No puede ser cierto. Su Kian, el que le trae flores silvestres, el que le dice que sus ojos son su perdición...
Está arreglando todo para que sus amigos la tomen y la marquen como impura. Y eso solo significa una cosa, piensa rechazarla como la peor de las escorias en la manada.
—¿Quieres que la tomemos nosotros? —pregunta Jarek, con una risa nerviosa, pero excitada.
—Quiero que la marquen como se merece una híbrida como ella —sentencia Kian con voz grave—. Que sea de todos y de nadie. Una vez que huela a tres o cuatro lobos diferentes, será considerada «impura» por la ley de la manada.
—Nadie querrá reclamar mercancía dañada —se ríe Jarek.
—Entonces podré rechazarla públicamente, alegando que es una ramera que intentó seducir a mi guardia. Mi padre estará feliz de que me libre de la basura, yo mantengo mi puesto, y ustedes se divierten. Todos ganan.
El mundo se detiene para Lía.
Siente como si alguien le hubiera arrancado el corazón del pecho con las manos desnudas, con aquellas garras poderosas que el lobo más letal puede tener. No es solo un rechazo, es una aniquilación.
Kian no solo quiere rechazarla, quiere destruirla y arrebatarle lo poco que le queda… su dignidad, su cuerpo.
—Mi futuro —susurra con dolor, ya casi sin aire.
El vestido azul, que la hacía sentir como una princesa, ahora se siente como un disfraz ridículo. No espera a escuchar más. El pánico, un instinto primario y visceral, se apodera de sus piernas.
Da media vuelta y corre.
El aire le falta, sus pulmones arden, pero el dolor en su pecho es mucho peor, le han arrancado el alma de un tirón.
Y de pronto, el sonido de un jarrón de porcelana haciéndose añicos contra el suelo resuena como un disparo en el silencio del pasillo. Se congela un segundo, mientras voces alarmadas y pasos pesados se escuchan al final del corredor.
—¡Por ahí!
El terror le inyecta una nueva dosis de adrenalina. Si la encuentran, no dudarán en hacer aquello que han planeado, y no quiere terminar así.
Ve una puerta de madera oscura entreabierta a unos metros. Sin pensarlo, se lanza hacia ella, entra y cierra la puerta tras de sí, echando el cerrojo de hierro.
El silencio cae sobre ella como una manta pesada.
Se apoya contra la madera de la puerta, intenta calmarse y camina hasta el balcón; no tiene idea dónde está, solo sabe que quiere llorar y morir luego. Pasan unos minutos, o quizás horas, su respiración se calma lo suficiente para notar su entorno, y lo siente…
La habitación no está vacía.
No hay luz, la luna llena que entra por el enorme balcón. Pero lo que le eriza la piel no es la oscuridad, sino el olor.
Huele a bosque profundo, a tierra mojada después de una tormenta, y a sangre antigua. Es un aroma tan potente, tan dominante, que su cuerpo reacciona instintivamente bajando la cabeza en sumisión, aunque su mente no entiende por qué.
Una ráfaga de viento mueve las cortinas de terciopelo negro y entonces lo ve. Hay una figura parada en el otro extremo del balcón.
Es inmenso.
Un gruñido bajo, vibrante y aterrador, rompe el silencio.
La figura se gira lentamente hacia ella, dos ojos brillan en la penumbra, como orbes de oro líquido, rasgados por una pupila vertical, brillando con una intensidad letal.
—¿Quién tiene la osadía de entrar en mis dominios para llorar? —su voz sale grave y cargada de una amenaza que promete violencia.
Lía se da cuenta, con un terror paralizante, de dónde está. No es una habitación cualquiera para invitados a la fiesta.
Es la oficina del Rey.
Y ella acaba de encerrarse voluntariamente con el monstruo más temido de los cinco reinos.
Han pasado tres semanas.Si Lía pensaba que fregar suelos era duro, entrenar para el Rey Alfa es una tortura diseñada meticulosamente para romper el espíritu de cualquiera. Pero Lía no se rompe. Se dobla, sangra y llora en silencio cuando los músculos le arden tanto que no puede ni levantar la cuchara para comer, pero no se rompe.El amanecer apenas tiñe el cielo de gris cuando Magnar la despierta de la forma habitual, arrancándole la manta y tirándole una bota de cuero a la cara. Un gesto lleno de ternura.—¡Arriba! El sol no espera y mis enemigos tampoco.Lía se levanta de un salto, ignorando el dolor punzante en sus costillas, un recuerdo del entrenamiento de ayer. Se viste en silencio con los pantalones de cuero y la túnica de lana que ahora son su uniforme. Ya no hay sedas, ni vestidos remendados. Ahora viste como un escudero, como alguien preparado para la guerra.Corren diez kilómetros por el bosque nevado que rodea el palacio. Magnar no baja el ritmo, obligándola a llevar sus
Tras llegar al palacio, Lía intenta concentrarse en limpiar el polvo de los estantes de caoba, pero sus ojos traicioneros vuelven una y otra vez hacia el ventanal que da al patio de armas.Abajo, el espectáculo es brutal y fascinante. Los guerreros de Élite, los lobos más letales del reino, entrenan bajo el sol de la mañana. El sonido de los gruñidos de esfuerzo llega hasta la habitación del Rey, filtrándose a través del vidrio.Lía aprieta el trapo entre sus manos hasta que sus nudillos se ponen blancos. Ve cómo se mueven, son rápidos, letales, seguros de su poder.Y entre ellos distingue a Kian. Lo ve derribar a un oponente y reírse con esa arrogancia que antes ella confundía con confianza. El odio le burbujea en el estómago, caliente y ácido.—¿Vas a matarlo con la mirada o piensas seguir limpiando el mismo rincón por tercera vez? —la voz profunda de Magnar la hace saltar.Lía se gira bruscamente, tirando un pequeño adorno de plata que logra atrapar en el aire antes de que toque el
El sol de la mañana golpea los párpados de Lía, despertándola de un sueño profundo y extraño.Por un segundo, al sentir la suavidad de las sábanas bajo sus dedos, cree que ha muerto y que esto es el Paraíso de la Diosa Luna. No hay frío, no hay paja rancia colándose por su ropa, y no hay gritos de capataces ordenándole fregar el suelo.Abre los ojos de golpe al recordar dónde está.No es el paraíso. Es la habitación contigua a la del Rey Alfa.Se sienta en la cama estrecha, con el corazón acelerado. Se toca el cuello, los brazos, el pecho. Está entera. No hay marcas de garras, no hay dolor. Ha sobrevivido a la noche.—Arriba —una voz grave y seca llega desde la puerta abierta que conecta con la habitación principal.Lía salta de la cama, ajustándose la bata de seda que se le ha resbalado por el hombro. Camina con pies descalzos hacia el umbral, temiendo lo que va a encontrar.Magnar está allí. Y la imagen le roba el aliento por un segundo.El Rey está de pie junto a la mesa, terminand
Lía se queda abrazada a su cuerpo, mirando por la ventana el oscuro horizonte y pensando que, lo único que debe hacer es soportar esa noche y todo estará bien.La puerta se abre, dos doncellas que le entregan ropa ligera, demasiado para ser de cortesía, y una de ellas le dice con seriedad.—Date una ducha y ponte eso. Estaremos afuera para que nos des tu ropa, ya no la necesitarás más.Nada más, como si fuera una segunda sentencia.Se abraza a sí misma, pero decide hacer lo que le han ordenado, no sea que llegue el Rey y le vaya peor; se ha quedado con una bata de seda traslúcida, tan fina que es casi como no llevar nada.Es la vestimenta de una ofrenda.—O de una concubina.Lía camina descalza sobre la alfombra de piel frente a la chimenea apagada.—Va a matarme —susurra al vacío—. O va a tomarme y luego a matarme.Cierra los ojos y siente más paz en su pecho.Si tan solo no hubiese sido tan ilusa ante la idea del amor, o tan leal a una manada que siempre la despreció.A pesar de ser
Lía no es tonta.Sabe que está perdida, el Rey Alfa en persona se hará cargo de ella, por meterse donde no debía.Nadie entra en el cuarto del Rey. Nunca. Se rumorea que alguien entró sin permiso y perdió la cabeza, y que las pocas doncellas que intentaron seducirlo salieron llorando. El Rey no lleva mujeres a su cama, el Rey lleva enemigos a su tumba.—¿He tartamudeado? —gruñe el Rey, dando un paso al frente—. A mis aposentos. Cierren la puerta con llave y vigilen que nadie se acerque. Nadie. Si escucho un solo paso cerca de mi puerta, rodarán cabezas.Una sonrisa lenta y maliciosa vuelve a aparecer en el rostro de Kian. Lía lo ve de reojo y una sed de venganza y sangre la invade, eclipsando por un momento su miedo.Y, por imposible que le parezca, esa sed de venganza y sangre el Rey la siente casi como propia. Tanto, que le hace salivar.Se acerca a Lía, la mira con su rostro fiero y gruñe con una clara advertencia, pero ella ya no siente miedo de su destino. Si la mata aquí y ahora
Lía deja de respirar, al inicio por miedo.El aire se atasca en su garganta, denso y doloroso, mientras los ojos dorados del Rey Alfa la escrutan con una intensidad que podría fundir el acero.Debería estar temblando. Debería estar de rodillas, suplicando por su vida, orinándose del miedo como cualquier lobo de bajo rango, y más aún una siendo una «sin piel», cualquiera lo haría ante la presencia del depredador más letal del continente.«¡Grita! ¡Corre! ¡Pide piedad!», se dice a sí misma, pero, extrañamente, su cuerpo no obedece al pánico.De pronto, una calma antinatural nace en su pecho. A pesar de la oscuridad que emana de Magnar, a pesar de las historias de cómo arranca gargantas con sus propias manos, Lía no siente el impulso de huir de él.Al contrario, el aroma que lo envuelve parece... correcto. Como si esa oficina, llena de peligro, fuera el único lugar seguro en un palacio lleno de traidores.—Te he hecho una pregunta —gruñe el Rey. Da un paso hacia ella, saliendo de la penu
Último capítulo