A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol apenas acariciaban los ventanales de la habitación real cuando Heller abrió los ojos.
La calma del amanecer parecía presagiar un día tranquilo, pero en su interior ardía un torbellino de pensamientos. Se desperezó, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
Se dirigió al baño, dejando que el agua caliente de la ducha recorriera su piel.
El vapor llenó la estancia como un manto espeso, pero él apenas lo notaba. Cerró los ojos, dejando que el calor