A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol apenas acariciaban los ventanales de la habitación real cuando Heller abrió los ojos.
La calma del amanecer parecía presagiar un día tranquilo, pero en su interior ardía un torbellino de pensamientos. Se desperezó, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
Se dirigió al baño, dejando que el agua caliente de la ducha recorriera su piel.
El vapor llenó la estancia como un manto espeso, pero él apenas lo notaba. Cerró los ojos, dejando que el calor lo envolviera, y en su mente se repetía un solo nombre: Eyssa.
Cuando salió, se paró frente al espejo. Su reflejo le devolvía la imagen de un príncipe fuerte, imponente, con la seguridad de quien había nacido para gobernar.
Sin embargo, bajo esa firmeza, había una chispa de vulnerabilidad que solo él reconocía. Se pasó una mano por el rostro húmedo y habló en voz baja, casi como un juramento.
—Eyssa solo está haciendo un berrinche. Ella me ama, no puede odiarme, no puede rechazarme. —Su voz son