Irina cerró los ojos, las lágrimas resbalaban por sus mejillas como ríos desesperados.
El silencio de la sala la asfixiaba; cada segundo era un tormento que le desgarraba el alma.
El crujido del papel en manos de la reina Bea sonaba como el rugido de la muerte misma. Todo pendía de aquellas palabras. Su vida, la de su loba interior, el poco orgullo que aún conservaba… todo.
Entonces, el rugido de la reina Luna quebró la calma.
—¡Maldita sea! —exclamó, su voz retumbando como un trueno que sacudió