Irina cerró los ojos, las lágrimas resbalaban por sus mejillas como ríos desesperados.
El silencio de la sala la asfixiaba; cada segundo era un tormento que le desgarraba el alma.
El crujido del papel en manos de la reina Bea sonaba como el rugido de la muerte misma. Todo pendía de aquellas palabras. Su vida, la de su loba interior, el poco orgullo que aún conservaba… todo.
Entonces, el rugido de la reina Luna quebró la calma.
—¡Maldita sea! —exclamó, su voz retumbando como un trueno que sacudió los muros del palacio—. Es cierto. Estás embarazada.
Irina contuvo el aliento, un escalofrío recorrió su espalda.
—Llevas un cachorro real en tu vientre. —Bea se inclinó hacia ella, con los ojos encendidos de furia—. Bien, solo por eso te dejaré vivir. Pero escucha con atención, Irina: cuida ese cachorro con tu vida, porque si él muere… tú también morirás.
El grito de Irina fue desgarrador.
Cayó de rodillas, sollozando, agradeciendo con desesperación.
Sus palabras se atropellaban entre lágrimas