Cuando Audrey despertó, el mundo se le vino encima.
La noticia la golpeó como un puño invisible: su hijo no era de Lucien. Un terror helado se instaló en su pecho, llenándole los pulmones de un aire que parecía pesar el doble, que apenas le permitía respirar.
Cada latido le retumbaba en los oídos, amplificando su miedo y su desesperación.
Se sentó en la cama, temblando, incapaz de contener el llanto que se acumulaba en sus ojos.
Su mente giraba en espirales, buscando explicaciones, culpables, al