Unos meses después.
Alessia caminaba de un lado a otro en su habitación, nerviosa, con una mano apoyada en su vientre redondeado que no dejaba de acariciar con insistencia.
Cada movimiento de su bebé la hacía contener el aliento, como si quisiera memorizar la sensación, como si temiera que aquel instante se desvaneciera demasiado pronto.
Su corazón latía con fuerza, lleno de ilusión y miedo a partes iguales: pronto su hija llegaría al mundo.
Aquel día, Elara, su madre, estaba sentada junto a la