Al día siguiente, la noticia recorrió el reino como un incendio incontrolable.
Los lobos despertaron con un murmullo en el aire, una vibración que se expandía desde los pasillos del palacio hasta los rincones más olvidados de las aldeas: el nuevo heredero Alfa sería elegido. Y no por la Reina, ni por los ancianos, sino por el propio pueblo. La decisión recaería en ellos, en los miles de lobos que formaban la manada real.
Las opciones eran claras y brutales, como las garras de un lobo en batalla: