Hester fue atrapado.
Los guardias lo rodearon con rapidez, impidiendo cualquier escape, y las cuerdas crujieron mientras comenzaban a ajustarlas alrededor de su cuello.
Hester luchaba con todas sus fuerzas, sus músculos temblando, sus uñas arañando la tierra húmeda del suelo, buscando algo, cualquier cosa a lo que aferrarse.
Lo arrodillaron con brutalidad, pero él no se rindió.
—¡Padre… soy inocente! —gritó con la voz rasgada por el esfuerzo y la desesperación, sus ojos buscando una chispa de mi