—¿Luna Bea? ¿Usted? ¿Tan cruel como para querer hacer daño al hijo del rey? —la voz de Hester cortó el aire como un filo—. A un Alfa de manada… ¿Qué clase de porquería de Luna eres?
Los ojos de Luna Bea se clavaron en él: esa calma aparente que ocultaba veneno. Luego, lentamente, se volvieron rabiosos, negros como la noche sin luna.
—¡Cállate! —escupió ella—. Morirás, y dejarás de ser mi obstáculo.
Las palabras fueron un latigazo.
Hester sintió que el mundo se cerraba sobre su pecho.
Por un segu