Alessia sollozaba sin consuelo, encorvada sobre su propio dolor, con el rostro enterrado en las sábanas de seda que ya no olían a paz.
Las cortinas se agitaban con el viento de la tarde, y los suspiros de su alma llenaban la habitación como un eco que nadie podía callar. Su loba interior, Denna, aullaba en su mente, desgarrada por el rechazo, por la humillación, por el amor no correspondido.
«No nos quiere… nuestro mate nos rechaza… ¡Nos repudia!»
Denna gritaba con un dolor ancestral, como si el