La voz interna de Severon —el lobo guardián del rey— vibró como un trueno en su pecho:
«Jarek… algo está mal… algo… no me siento bien».
Pero Jarek ya no podía pensar con claridad.
Su respiración era agitada, sus sentidos distorsionados. La puerta se abrió y, como si el universo supiera el momento exacto, Elara apareció con su rostro sereno, amoroso.
—Hola, mi amor…
No alcanzó a terminar la frase.
Jarek la miró con los ojos febriles, encendidos como carbones ardiendo, y sin decir una palabra, la