—Narella… —La voz de Alessander se quebró—. ¿Qué estás diciendo? ¿Acaso no entiendes que no puedo amarte? —gritó con desesperación, como si esas palabras fueran un látigo contra su propio pecho.
El corazón de Narella se estremeció como si una garra lo hubiese descorazonado, pero no dejó que su dolor se reflejara demasiado.
No podía. No ahora.
—No estoy pidiendo tu amor —susurró, con una fuerza que no sentía realmente—. Solo quiero salvar tu maldita vida. Solo quiero que consigas la cura y salves