OLIVAR.
—¡Olivar, la ley antigua! —gritó Sebastián, su voz resonando sobre el caos—. ¡El puente de dolor! ¡Si no reclamas su agonía como tuya, el cachorro la destruirá! ¡Muérdela y refuerza el vínculo, ahora!
No necesité que me lo dijera dos veces. Tomé su hombro con una mano y su nuca con la otra. Enterré mis colmillos en la base de su cuello, justo donde late la vida, con una desesperación salvaje. En el momento en que mi carne perforó la suya, sentí un latigazo de energía que casi me deja in