MORIR PARA VIVIR.
OLIVAR.
El peso de su cuerpo en mis brazos es lo único que me mantiene anclado a la realidad, aunque ella ya no esté en la suya. Cruzo el umbral de la mansión con paso firme, ignorando el silencio sepulcral que envuelve las paredes de piedra. Subo las escaleras sintiendo cada escalón como una losa, mientras las voces de los médicos me persiguen como ecos de una pesadilla.
—Tienen que mantener sus constantes estables —dice uno de ellos a mis espaldas—. Es vital mantenerla «viva» artificialmente.