EMELY.
Me tensé solo un segundo, el tiempo justo para que el hielo de su voz recorriera mi columna, pero recuperé el control con una rapidez que sorprendió incluso a Olivar. No iba a darle el placer de olfatear mi miedo a través de una línea telefónica. Con un movimiento firme, presioné el botón del altavoz y me senté de nuevo en las piernas de mi marido, buscando su anclaje.
Olivar me rodeó la cintura con un brazo, sus ojos estaban fijos en el aparato como si quisiera pulverizarlo, mientras su