OLIVAR.
Observé el lugar en silencio. No entendía cómo vivía esa mujer ahí, en medio de la nada, ni de qué se alimentaba para sobrevivir, pero verla imponía respeto. La Gran Sabia estaba sentada en un trono de madera ruda, rodeada de pieles de animales. Al fondo, a través de una abertura, se veía la silueta de un volcán que no dejaba de rugir.
Su cabello era completamente blanco y resaltaba en la penumbra. Sin quitarle la vista de encima a Antonella, la anciana hizo un gesto seco.
—El historiad