EMELY.
Me encontraba de pie frente al gran ventanal de la sala, con la mirada perdida en el horizonte grisáceo de las montañas. Mis dedos acariciaban el cristal frío mientras un vacío punzante me recorría el pecho. No era solo tristeza; era algo físico, algo biológico. Sentía que cada célula de mi cuerpo reclamaba su cercanía, como si Olivar fuera el oxígeno que mis pulmones ya no sabían procesar por sí solos.
Lo extrañaba tanto que me dolía respirar. El vínculo, ese hilo invisible que nos unía