OLIVAR
Me encontraba dentro de la carpa, escuchando el rugido del viento golpeando la lona con una violencia que habría aterrado a cualquiera. Llevaba tres días de ascenso constante y, aunque el clima era extremo, mi cuerpo de lobo no sentía el frío. Lo que sí sentía era la urgencia quemándome el pecho. Cada minuto que pasaba lejos de casa era un minuto que Emely estaba desprotegida.
No estaba solo. Sebastián, el historiador de la manada, estaba sentado frente a mí revisando unos mapas. Él fue