OLIVAR.
El sabor a hierro y pólvora no se me quita de la boca, por más que escupa al suelo.
Cruzo el linde del bosque con los pies hundiéndose en el barro y las ramas secas azotándome la armadura abollada. No hay gloria en este regreso, solo el peso de un cuerpo que me pide a gritos desplomarse. Mis pulmones arden con el aire frío de la mañana y el sabor a hierro de la sangre seca me tiene la garganta cerrada. Caminamos a pie, atravesando la maleza espesa que rodea la propiedad; el silencio del