OLIVAR.
El aire se congela en mis pulmones. El tiempo se ralentiza mientras mi mano se estira en el vacío, tratando de alcanzar una distancia que se siente infinita.
—¡EMELY! —mi grito desgarra la lona de la tienda, pero el sonido llega tarde.
Veo el destello de la obsidiana. No busca el hombro, no busca defenderse. El infiltrado lanza una estocada ascendente, cruel y precisa, hundiendo la hoja negra directamente en el estómago de Emely. El golpe es seco, un sonido sordo que me golpea el pecho