EMELY.
Olivar bajó entre mis piernas con una determinación que me dejó sin aliento. Cuando su lengua me rozó por primera vez, un espasmo eléctrico me recorrió la columna, haciéndome arquear la espalda contra el colchón. Mis dedos se enterraron en las sábanas, apretando la tela con una fuerza que antes no poseía.
—¡Oh, Dios! —gemí, echando la cabeza hacia atrás—. Olivar...
Era demasiado. Cada lamida, cada succión era tan nítida y potente que sentía que mis nervios iban a estallar. Recuerdo el se