EMELY.
Entré al baño con el rastro de la batalla todavía quemándome en la piel. El vapor ya empañaba los espejos. Olivar estaba allí, sumergido en la bañera de piedra, rodeado de una espuma espesa que apenas lograba ocultar la tensión de su cuerpo. Al verme entrar, sus ojos se oscurecieron, fijos en cada uno de mis movimientos.
Me deshice de la bata blanca sin prisa. La tela cayó al suelo, dejándome completamente desnuda. Mi estómago, con esa leve pero firme redondez del embarazo, quedó expuest