EMELY.
Entré al despacho de Olivar sin llamar. Tiré los mapas sobre la mesa. No hacían falta más coordenadas de Sebastian.
—Kia la tiene —solté, directa—. Mi loba dejó de buscar a la mujer y se concentró en el rastro de la sangre de Vargo. Ese veneno deja una marca que ella puede oler a kilómetros. Sabemos dónde está.
Olivar se levantó, dejando la pluma a un lado. Sus ojos brillaron.
—¿En dónde?
—Está hacia el este, en las tierras altas. Iremos los dos, Olivar. No voy a quedarme aquí esperando