EMELY.
Entré en la habitación de Mara justo cuando el sol empezaba a castigar los cristales del hospital. Mara estaba pálida, casi mimetizada con las sábanas blancas, pero sus ojos estaban fijos en la puerta. Me acerqué y le tomé la mano; sus dedos estaban helados, pero su pulso era rápido, combativo.
—Eres una loba fuerte, Mara —le dije, apretando su mano para transmitirle una seguridad que yo misma necesitaba sentir—. Tu cuerpo ha aguantado lo que ninguna otra habría soportado. Esto va a sali