Sacamos a la loba de la cabaña envuelta en mantas limpias que traíamos en las camionetas. Su hermano, el chico del rifle, no le soltó la mano ni un segundo mientras la subíamos al vehículo blindado. El trayecto de regreso fue un funeral en movimiento; solo se escuchaba el motor rugiendo y los quejidos secos de la chica cada vez que el bache más mínimo sacudía su vientre deforme.
No la llevamos a la mansión; Olivar dio la orden de ir directo al hospital de la ciudad, al centro médico privado de