Cuando llegaron al puente de Roble, la bruma de la noche se extendía como un manto húmedo y pesado, abrazando la estructura y haciendo que cada sombra se volviera más amenazante, más opresiva.
La luz amarilla de los faroles apenas alcanzaba a iluminar el camino; cada paso resonaba sobre la madera húmeda con un eco que parecía multiplicarse y acompañar sus latidos acelerados.
El viento frío soplaba de manera irregular, arrastrando un murmullo que erizaba la piel, colándose en los huesos y despert