Cuando llegaron al puente de Roble, la bruma de la noche se extendía como un manto húmedo y pesado, abrazando la estructura y haciendo que cada sombra se volviera más amenazante, más opresiva.
La luz amarilla de los faroles apenas alcanzaba a iluminar el camino; cada paso resonaba sobre la madera húmeda con un eco que parecía multiplicarse y acompañar sus latidos acelerados.
El viento frío soplaba de manera irregular, arrastrando un murmullo que erizaba la piel, colándose en los huesos y despertando un presentimiento oscuro, un augurio de que algo que estaba a punto de suceder cambiaría para siempre el curso de sus vidas.
En lo alto del puente, una figura esperaba. Gala, con el corazón latiéndole a mil por hora y la adrenalina recorriéndole cada fibra, reconoció la silueta y se tensó como un resorte.
Zacarías descendió del vehículo primero, con pasos seguros, medidos, que resonaban con autoridad, incluso en la fría penumbra. Su presencia imponía respeto, dominaba el espacio, y aun en s