Camely rio.
No fue una risa ligera ni amable. No era un sonido que se pudiera ignorar ni pasar por alto. Fue una risa baja, firme, segura. Una risa que no nacía de la burla, ni de la satisfacción momentánea, sino de la certeza absoluta de estar viva, de haber regresado del abismo, de haber vencido. Cada sílaba que salía de sus labios llevaba un peso que podía romper el alma de cualquiera que la escuchara.
Ese sonido fue suficiente.
Al escucharla, al alzar la vista y encontrarse con sus ojos —esos ojos que Gala había visto cerrar para siempre—, algo dentro de ella se quebró de manera irreversible.
Todo el cuerpo de Gala se paralizó por un segundo, como si hubiera sido golpeado por un martillo invisible. Las fuerzas la abandonaron, sus piernas dejaron de sostenerla, y cayó de rodillas con un golpe seco que retumbó en la habitación.
Todo el aire de sus pulmones pareció escapar de golpe, dejando solo el vacío helado de la impotencia.
Los guardias aún la sostenían por los brazos, evitando q