Camely rio.
No fue una risa ligera ni amable. No era un sonido que se pudiera ignorar ni pasar por alto. Fue una risa baja, firme, segura. Una risa que no nacía de la burla, ni de la satisfacción momentánea, sino de la certeza absoluta de estar viva, de haber regresado del abismo, de haber vencido. Cada sílaba que salía de sus labios llevaba un peso que podía romper el alma de cualquiera que la escuchara.
Ese sonido fue suficiente.
Al escucharla, al alzar la vista y encontrarse con sus ojos —eso