—¡Debemos detenerla antes de que nos delate! —gritó Romina, su voz cortante, atravesando el aire cargado del salón, como un filo que rasga la piel. La desesperación se le notaba en cada movimiento, en el temblor contenido de sus manos y en la mirada que oscilaba entre el miedo y la rabia. No había tiempo que perder, y cada segundo contaba como si fuera un latido demasiado rápido que amenazara con estallar.
—¡Edmund, ve por ella y detenla! —ordenó Gael, con la voz firme pero cargada de tensión. Sus ojos eran dos brasas que quemaban de ira, su mandíbula tensa, como si estuviera listo para quebrarse a sí mismo antes de dejar que alguien más se saliera con la suya.
Edmund no dudó. Con pasos silenciosos, pero decididos, desapareció tras la puerta.
La cerradura sonó como un golpe definitivo, y de inmediato, el silencio cayó sobre la habitación como una losa pesada. Gael se giró hacia Romina, el brillo de la codicia y la urgencia mezclándose en su mirada.
—¿Tienes el dinero? —preguntó, mordie