Al salir del edificio, Karina corrió tras Avana con el rostro desencajado y la desesperación latiéndole en el pecho como un tambor furioso.
—¡Avana, no hagas esto! ¡No te desquites conmigo usando a una pobre bebé!
Su voz se quebraba, pero su orgullo aún intentaba sostenerla.
Avana se detuvo apenas un segundo. Rodó los ojos, cansada. No quería escucharla. No quería volver a sentir esa punzada de compasión que, a pesar de todo, todavía existía en algún rincón de su corazón.
—Déjame en paz, Karina