Al salir del laboratorio, Agustín estaba hecho una furia. Su rostro reflejaba una mezcla de rabia e impotencia, y cada músculo de su cuerpo parecía tenso como si estuviera listo para estallar en cualquier momento. A su lado, su padre, Hernán, caminaba con pasos firmes, su mano posándose en el hombro de su hijo como si intentara transmitirle calma, pero su mirada era dura, fría y decidida.
—¡Esa desgraciada! —exclamó Agustín, apretando los puños—. No cede con nada, ni un solo paso.
Hernán suspir