Al día siguiente, Zacarías abrió los ojos con la primera luz filtrándose por las cortinas y notó de inmediato la ausencia: la cama estaba fría a su lado. Se incorporó, el corazón le dio un vuelco que no supo explicar, había un gran silencio, tocó al otro lado de la cama, como si pudiera sentirla, pero ella no estaba.Se enderezó confuso.Caminó hasta la cocina; la fragancia del café recién hecho lo recibió como una traición amable.En la mesa, el desayuno estaba dispuesto con cuidado —plato de ensalada, frutas, pan tostado, la taza con té y leche que a él le gustaba— pero no había rastro de Camely.—La señora dejó el desayuno listo para usted, pero salió —dijo la asistente, con la voz baja, como si le diera miedo pronunciar más—. No dijo a dónde iba.Zacarías tomó la taza, supo que ella estaba molesta y que tenía razón.“Debo disculparme con ella y haré que Gala también lo haga”, pensó.***Camely, por su parte, fue al hospital, necesitaba ver a la persona que más quería, su querida na
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