La lluvia seguía golpeando el techo de la cabaña constantemente como una melodía húmeda que envolvía el silencio después del acto más íntimo que ambos habían compartido. La chimenea seguía viva, cálido que iluminaba los cuerpos entrelazados sobre el sofá.
Leonardo fue el primero en despertar.
Durante unos segundos no supo dónde estaba. Solo sintió calor… el calor suave de una piel dormida a su lado, una respiración tranquila, un perfume que ya se quedaba incrustado bajo su pecho como una marca imposible de borrar.
Giró la cabeza.
Ariana.
Estaba apoyada sobre su brazo, completamente relajada, con una expresión tan pacífica que por un instante él se quedó quieto, apenas respirando, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper aquel momento perfecto.
Su cabello estaba desordenado, húmedo todavía por la lluvia de la noche anterior. Un mechón le cruzaba la mejilla. Leonardo levantó la mano con una lentitud casi reverente y le apartó ese mechón con la punta de los dedos.
La piel de Ar