Leonardo la sujetó con ambas manos, una en la nuca, otra en la cintura. Y la besó. La besó con toda la pasión contenida, una pasión que había estado ardiendo bajo la superficie, esperando el momento perfecto para estallar.
Sus labios se encontraron en un beso que prometía más de lo que podía expresar con palabras. Cada movimiento, cada caricia, cada susurro, era una promesa de lo que estaba por venir.
La boca de Leonardo seguía sobre la de Ariana cuando ambos comenzaron a caminar a pasos torpes hacia el interior de la cabaña, tropezando con la alfombra de la entrada mientras la lluvia golpeaba las ventanas como si quisiera entrar también.
No pensaban, solo se dejaban llevar, sus cuerpos aún húmedos por la lluvia, sus corazones latiendo con una intensidad que casi dolía.
Leonardo la acercó lentamente, sin romper el beso, pero Ariana sintió el pequeño temblor en las manos de él cuando deslizó los dedos hasta el borde de su chaqueta. La prenda estaba empapada, pegada a su piel.
—Dios