Harry caminaba de un lado a otro del despacho privado con los puños cerrados, la respiración pesada, el rostro desencajado por una furia que ya no podía controlar.
El sol de la mañana entraba por los ventanales, pero no lograba disipar la oscuridad que lo rodeaba. Frente a él, sentada con la espalda recta y las piernas cruzadas, Olivia lo observaba sin bajar la mirada. No parecía asustada. Si acaso, parecía calculadora.
—Por esta vez —gruñó Harry, deteniéndose frente a ella— voy a encubrirte.