Harry caminaba de un lado a otro del despacho privado con los puños cerrados, la respiración pesada, el rostro desencajado por una furia que ya no podía controlar.
El sol de la mañana entraba por los ventanales, pero no lograba disipar la oscuridad que lo rodeaba. Frente a él, sentada con la espalda recta y las piernas cruzadas, Olivia lo observaba sin bajar la mirada. No parecía asustada. Si acaso, parecía calculadora.
—Por esta vez —gruñó Harry, deteniéndose frente a ella— voy a encubrirte.
Olivia alzó una ceja, apenas, como si aquella frase fuera lo mínimo que esperaba escuchar.
—¿Encubrirme? —respondió con una sonrisa ladeada—. Qué generoso de tu parte.
Harry apretó la mandíbula.
—No te equivoques —dijo, inclinándose hacia ella—. No lo hago por ti. Lo hago porque si caes tú, me arrastras contigo. Pero te lo advierto, Olivia… vas a pagar. Una a una. Cada lágrima. Cada gota de sangre. La muerte de Alicia no va a quedar así.
Por un segundo, el rostro de Olivia se tensó. Apenas un se