Leonardo logró abrirse paso entre los gritos, los flashes y las manos que intentaban detenerlo. La mansión presidencial hervía de caos. Periodistas, guardias, asesores… todos hablaban al mismo tiempo, pero él solo tenía un objetivo: Harry Velmon.
Empujó una puerta, luego otra. Su respiración era pesada, descontrolada. La rabia le latía en las sienes, en los puños, en cada músculo de su cuerpo. No recordaba haber sentido algo así desde el día en que creyó haberlo perdido todo.
Y entonces lo vio.
Harry estaba de pie en el salón principal, aún con la chaqueta abierta, la corbata floja, el rostro tenso pero altivo. A su lado, Olivia intentaba mantener la compostura, aunque sus manos temblaban levemente.
Leonardo no dijo una sola palabra.
El golpe fue seco. Brutal.
El puño impactó directo en el rostro de Harry, lanzándolo varios pasos atrás hasta hacerlo chocar contra una mesa. El estruendo resonó en la sala.
—¡Maldito imbécil! —gruñó Harry, incorporándose con dificultad, llevándose la man