Leonardo logró abrirse paso entre los gritos, los flashes y las manos que intentaban detenerlo. La mansión presidencial hervía de caos. Periodistas, guardias, asesores… todos hablaban al mismo tiempo, pero él solo tenía un objetivo: Harry Velmon.
Empujó una puerta, luego otra. Su respiración era pesada, descontrolada. La rabia le latía en las sienes, en los puños, en cada músculo de su cuerpo. No recordaba haber sentido algo así desde el día en que creyó haberlo perdido todo.
Y entonces lo vio.