Martin llegó a la mansión Santillán con paso seguro, sosteniendo una bolsa de ropa en una mano. Flor, que acababa de cerrar unas cortinas del vestíbulo, alzó la vista y arqueó una ceja con sorpresa.
—Señor Martin… y ese milagro —comentó con una media sonrisa.
Martin devolvió el gesto con cortesía.
—Vengo a traerle estas cosas al señor Leonardo.
Antes de que Flor pudiera decir algo más, Ariana apareció detrás de ella, deteniéndose apenas al verlo.
—Hola, Martin. ¿Cómo estás? —saludó con calma.
Él sonrió, entendiendo de inmediato la situación.
—Me imagino que el señor Leonardo sigue aquí.
Ariana asintió sin rodeos. Flor se giró hacia ella, claramente sorprendida.
—Está en mi habitación —añadió Ariana—. Sube, por favor… y de paso ayúdalo a cambiarse.
Martin inclinó ligeramente la cabeza, todavía sonriendo, y se dirigió hacia las escaleras.
Martin subió las escaleras con pasos contenidos, casi en silencio. No quería anunciarse. Algo en el ambiente de aquella casa le causaba emoción.Cuando