Compórtate

Paul alcanzó a escuchar ese intento ahogado de súplica mientras caminaba detrás de William.

Ambos avanzaron por el pasillo de madera deteriorada, aunque cada uno con intenciones distintas. William, con el arma en la mano y un humor que rozaba la euforia, empujó la puerta principal de la cabaña y salió al exterior sin mirar atrás.

El aire helado de la madrugada golpeó su rostro y lo hizo sonreír con un gesto torcido.

—Cuídala bien —le dijo a Paul, señalándolo con un dedo mientras se dirigía hacia el auto estacionado en la sombra—. Ya sabes lo que pasa si haces una estupidez.

Paul soltó una risa seca, casi molesta.

William abrió la puerta del vehículo, se inclinó, y antes de entrar se giró hacia él, guiñándole un ojo.

—Diviértete, pero no demasiado. Después es mi turno.

Paul asintió con un movimiento rígido. William subió al auto, encendió el motor y se alejó levantando polvo entre los árboles húmedos por la llovizna nocturna.

Cuando el sonido del auto desapareció, Paul soltó un suspi
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