Paul alcanzó a escuchar ese intento ahogado de súplica mientras caminaba detrás de William.
Ambos avanzaron por el pasillo de madera deteriorada, aunque cada uno con intenciones distintas. William, con el arma en la mano y un humor que rozaba la euforia, empujó la puerta principal de la cabaña y salió al exterior sin mirar atrás.
El aire helado de la madrugada golpeó su rostro y lo hizo sonreír con un gesto torcido.
—Cuídala bien —le dijo a Paul, señalándolo con un dedo mientras se dirigía ha