Emma salió de la mansión con una sonrisa apenas contenida, esa clase de expresión que sólo aparece cuando el mundo parece acomodarse justo como uno quiere.
Cerró la puerta del auto con un golpe seco, se sentó, ajustó el retrovisor y, antes de arrancar, revisó su maquillaje en el vidrio. Perfecto. Siempre perfecta.
Encendió el motor y la camioneta rugió, avanzando por el camino rodeado de árboles. El sol apenas comenzaba a tocar las montañas, pero ella ya estaba despierta, activa, lista para mover los hilos de todo lo que había puesto en marcha.
—Al fin… —murmuró, con satisfacción venenosa.
Mientras conducía con una mano, tomó el celular con la otra. Marcó sin pensarlo dos veces.
La llamada tardó en conectar, pero finalmente, una voz ronca y adormilada respondió.
—…Hola, mi reina —gruñó William, aún medio dormido.
Emma frunció el ceño.
—¿Qué demonios hacías que no contestabas?
Hubo un ruido de sábanas del otro lado. Él se enderezó de golpe, claramente asustado.
—Estaba dormido, mi rei