Frente a la puerta principal de la mansión presidencial, el chofer ya esperaba con el auto negro encendido.
Ariana descendió los últimos escalones con paso firme, la falda negra ajustada moviéndose al ritmo de sus caderas. Leonardo caminaba unos pasos detrás, con su presencia imponente detrás de ella.
El guardaespaldas abrió la puerta trasera del automóvil. Ariana entró primero, con elegancia, seguida de Leonardo. Apenas el motor rugió y el vehículo comenzó a moverse, un silencio denso se instaló entre ellos.
Leonardo giró apenas la cabeza para observarla. Ella miraba por la ventana, con el rostro iluminado por las luces de la ciudad. Había algo en su perfil que lo desarmaba: la serenidad aparente, la rigidez de sus labios, el modo en que contenía cada emoción.
Sin decir palabra, Leonardo estiró el brazo y tomó el cinturón de seguridad. Ariana lo miró de reojo, pero no se movió. Él se inclinó hacia ella para abrocharlo, y por un instante quedaron a escasos centímetros. El aroma de su