Ariana respiró profundo, forzando una sonrisa.
—No hay necesidad, Leonardo —dijo con calma, evitando su mirada—. Puedo hacerlo sola, no es nada grave.
Su tono era suave, pero firme.
Leonardo la observó un segundo más, midiendo sus palabras. Había algo en su expresión, una chispa de independencia que, por momentos, le resultaba tan irritante como fascinante. Al final, asintió con lentitud.
—Como quieras cariño —dijo, y volvió a su asiento.
Mientras ella se alejaba con paso elegante, el murmullo en la mesa retomó su curso. El ministro Rivas, un hombre de cabello gris y sonrisa grande aprovechó la ocasión para hacer un comentario que buscaba agradar.
—Señor presidente —dijo con tono sutil —, la mesera debería disculparse personalmente con usted y con la señora Moretti. No se puede permitir ese tipo de errores en una cena oficial.
Leonardo, con el ceño aún fruncido, levantó una mano en señal de que no hacía falta.
—No se preocupe, ministro. Es algo sin importancia —respondió, encendiendo