No porque quisiera volver. Sino porque todavía había algo dentro de mí que necesitaba ese gesto. Como si solo así pudiéramos cerrar el círculo. Como si, por un instante, el pasado pudiera descansar.
Cuando nos separamos, él no dijo nada más. Solo me rozó la mejilla con los dedos. Y se fue.
Cerré la puerta sin apuro. Me quedé apoyada contra ella unos segundos. Con los ojos cerrados. Con el pecho sereno.
Ya no dolía. Ya no pesaba.
Era, simplemente, el final de un capítulo que merecía ser cerrado