El coche se detuvo frente a las verjas de acero negro de la casa, con el escudo familiar grabado en el centro. Todo parecía más limpio, más perfecto de lo habitual: los setos cortados con precisión matemática, las piedras del camino alineadas como si alguien las hubiera inspeccionado una por una.
Günter apagó el motor. Me desabroché el cinturón y estaba a punto de abrir la puerta cuando él se adelantó, salió del coche y dio la vuelta para abrirme desde fuera. Me sorprendió su gesto, más aún cua