La sala del trono quedó vacía en cuestión de minutos. Las puertas se cerraron con un estruendo sordo y pesado, dejando a los guardias como estatuas en el exterior. Solo quedaron ellos, rodeados por un eco que aún vibraba con la promesa de muerte que el rey acababa de lanzar al aire.
—Camina conmigo —dijo él.
No fue una orden, pero la gravedad de su voz no admitía réplica. Lyria lo siguió por una galería privada, donde las antorchas proyectaban sombras alargadas que danzaban sobre el mármol. El