El viaje fue más corto de lo que Lyria esperaba, aunque el tiempo pareció estirarse entre miradas y pequeños gestos que parecían decir más que las palabras. Cuando el carruaje se detuvo, una brisa distinta entró por la ventana, salada y viva, y ella frunció el ceño con curiosidad antes de bajar.
Entonces lo vio.
El mar.
Se quedó quieta, completamente absorta, porque el agua se extendía hasta donde alcanzaba la vista, moviéndose sin descanso, brillando bajo la luz como algo que no perten