Al amanecer, antes de que el castillo despertara por completo, Lyria fue sacada de la habitación en silencio y llevada a la casa de campo de la familia Avelyne, una residencia discreta, rodeada de jardines altos y lejos de miradas indiscretas. Allí, entre muros que guardaban secretos antiguos, comenzaron las clases a escondidas de los empleados: la joven noble y la muchacha usurpadora frente a frente, separadas solo por el destino, repitiendo gestos, palabras y silencios bajo la vigilancia estricta del caballero. Día tras día, Lyria aprendió a caminar como dama, a sostener la mirada sin desafío, a inclinar la cabeza con la exacta medida de respeto, mientras Elinor corregía cada error con nerviosismo y urgencia. Con el tiempo, y para sorpresa de todos, Lyria comenzó a moverse por la casa de campo como si siempre hubiera pertenecido a ella; recorría los pasillos con paso seguro, se sentaba a la mesa con naturalidad y respondía a los saludos con una gracia sencilla que nadie cuestionó. L
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