Lyria no había dormido.
Las marcas en su cuello aún dolían. No tanto por la presión… sino por lo que significaban. Rowan—porque ahora su nombre ardía en su mente— había estado dispuesto a matarla.
Y si no encontraba la manera de hablar con el rey pronto, quizá lo haría.
Necesitaba verlo.
Necesitaba convencerlo de que su elección era un error.
Pero no sabía cómo.
Esa mañana, cuando apenas había terminado de desayunar, llamaron a su puerta.
Una joven entró con una reverencia impecable.
—