El pasillo se sumergió en un silencio absoluto cuando retomaron el paso. Las antorchas lanzaban sombras largas y sinuosas sobre los muros de piedra, mientras el eco de sus botas era el único latido constante en aquella galería olvidada. Lyria aún sentía el calor de la mano del rey en la suya; no la había soltado de inmediato, y cuando finalmente lo hizo, fue con una lentitud que erizó su piel.
Había algo distinto en su mirada: una concentración cerrada, depredadora, dirigida únicamente hacia el