Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche que descubrí a mi esposo en la cama con mi hermana… también fue la noche en que me acosté con su peor enemigo. La noche que Valeria descubrió que su esposo la traicionaba con su propia hermana, su vida cambió para siempre. Herida y furiosa, terminó en los brazos del único hombre con el que jamás debió cruzar esa línea. Alejandro Santoro El peor enemigo de su esposo. Desde el primer momento Valeria sabía quién era él… y aun así decidió quedarse. Lo que ninguno de los dos imaginó fue que esa noche los marcaría para siempre. Intentando reconstruir su vida lejos de su matrimonio roto, Valeria consigue un nuevo trabajo sin imaginar que el destino volverá a cruzar su camino con Alejandro. Pero cuando la guerra entre dos hombres poderosos se intensifica y un malentendido amenaza con destruirlo todo, Valeria toma una decisión desesperada. Desaparecer. Años después vive lejos, criando en secreto al hijo que tuvo con Alejandro… sin que él ni Daniel sepan que existe. Pero los secretos no pueden permanecer ocultos para siempre. Y cuando el pasado finalmente la alcanza, Valeria tendrá que enfrentarse a los dos hombres que juró no volver a ver.
Leer másPOV: Valeria
Nunca imaginé que la peor traición de mi vida estaría esperándome detrás de una simple puerta de hotel. El sonido de una risa al otro lado hizo que mi corazón se detuviera por un instante. Daniel me había dicho que tenía una reunión importante esa noche. Una reunión con inversionistas que podía cambiar el futuro de su empresa. Pero las risas que escuchaba no sonaban a una reunión de negocios. Apoyé la mano en la manija de la puerta, sintiendo cómo mis dedos temblaban. —Tranquila, Valeria —susurré para mí misma—. Seguro es solo tu imaginación. Pero en el fondo sabía que no lo era. Respiré hondo y empujé la puerta. Y en ese momento… mi vida se rompió en mil pedazos. Daniel estaba en la cama. Y no estaba solo. Había una mujer con él, abrazándolo mientras ambos reían. Sentí como si el aire desapareciera de mis pulmones. —Daniel… —mi voz salió apenas como un susurro. Los dos voltearon al mismo tiempo. Y fue entonces cuando el verdadero golpe llegó. Porque reconocí el rostro de la mujer. Camila. Mi hermana. Mis piernas temblaron tanto que tuve que apoyarme en la puerta para no caer. —Vaya… —dijo Camila con una sonrisa lenta—. Parece que ya lo descubrió. Daniel se levantó rápidamente de la cama, intentando cubrirse. —Valeria, no es lo que parece. Solté una risa amarga. —¿De verdad? —dije—. Porque parece exactamente lo que estoy viendo. Camila se levantó sin ningún apuro, cruzando los brazos con una expresión de superioridad. —Siempre fuiste muy ingenua, hermana. Sentí que algo dentro de mí se rompía. —¿Desde cuándo…? Daniel evitó mirarme a los ojos. Pero Camila no tuvo ningún problema en responder. De hecho, parecía disfrutar cada segundo. —¿De verdad quieres saberlo? Sentí que mi corazón latía con tanta fuerza que podía escucharlo en mis oídos. —Respóndeme. Camila se encogió de hombros con una sonrisa. —Hace bastante tiempo. —¿Cuánto tiempo? El silencio de Daniel lo dijo todo. Pero Camila decidió terminar de destruir lo poco que quedaba. —Digamos que… tu matrimonio dejó de ser interesante hace mucho. Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones. —No… —susurré. —Oh, sí —continuó ella—. Al principio solo eran mensajes. Conversaciones. Cosas inocentes. Sus labios se curvaron con satisfacción. —Pero ya sabes cómo son estas cosas… una cosa lleva a la otra. Mi mirada volvió a Daniel. —Dime que está mintiendo. Daniel abrió la boca. Pero no salió ninguna palabra. Y en ese silencio encontré la respuesta. Algo dentro de mí se rompió en ese instante. —Siempre fuiste demasiado confiada, Valeria —dijo Camila con suavidad cruel—. Creíste que tu vida perfecta nunca se rompería. Mis manos comenzaron a temblar. No solo por Daniel. Sino por ella. Mi propia hermana. —¿Por qué? —pregunté. Camila levantó una ceja. —Porque podía. Sus palabras fueron más dolorosas que cualquier grito. Daniel finalmente dio un paso hacia mí. —Valeria, escúchame— Negué con la cabeza. —No. Mi voz salió más firme de lo que esperaba. —No digas nada más. Porque si lo hacía… probablemente terminaría odiándolo aún más. Di un paso hacia atrás. Luego otro. Y salí de la habitación. Las risas de Camila volvieron a escucharse detrás de mí antes de que la puerta se cerrara. Caminé por el pasillo del hotel sin saber exactamente hacia dónde iba. Solo sabía una cosa. La mujer que había entrado a esa habitación creyendo que su matrimonio era real… ya no existía. Y esa noche, sin saberlo, acababa de comenzar la caída de todo lo que conocía. Caminé por el pasillo del hotel sin saber exactamente hacia dónde iba. Todo a mi alrededor parecía borroso. Las luces. Las voces. El sonido lejano del ascensor abriéndose y cerrándose. Cuando las puertas del ascensor se cerraron frente a mí, sentí que algo dentro de mi pecho se rompía definitivamente. Y por primera vez en muchos años… no tenía idea de qué hacer con mi vida. … POV: Alejandro Las puertas del ascensor se abrieron con un suave sonido metálico. Estaba revisando unos mensajes en mi teléfono cuando alguien salió apresuradamente. Alcé la mirada casi por instinto. Y entonces la reconocí. Valeria. La esposa de Daniel. Durante un segundo me quedé completamente inmóvil. No esperaba verla allí. Y mucho menos en ese estado. Sus ojos estaban rojos, como si hubiera estado conteniendo las lágrimas durante demasiado tiempo. Caminaba rápido, casi como si quisiera escapar de algo. O de alguien. Fruncí ligeramente el ceño. Conocía ese hotel demasiado bien. Y también conocía a Daniel. Un hombre obsesionado con las apariencias. Con el control. Con tener siempre la vida perfecta frente a los demás. Ver a su esposa salir de una habitación con esa expresión… no encajaba con la imagen que él siempre intentaba mostrar. Valeria pasó a mi lado sin mirarme. Ni siquiera parecía notar mi presencia. Estaba demasiado concentrada en no derrumbarse. Algo dentro de mí se tensó. No sabía exactamente qué había pasado en esa habitación. Pero estaba bastante seguro de una cosa. Daniel había cometido un error. La observé caminar por el pasillo. Su postura era rígida. Orgullosa. Pero el dolor en su mirada era imposible de ocultar. Por un instante pensé en simplemente dejarla ir. No era asunto mío. Los problemas de Daniel no me interesaban. Pero justo cuando ella llegó al final del pasillo… se detuvo. Sus hombros se movieron ligeramente. Como si estuviera luchando por recuperar el control. Exhalé lentamente. Y tomé una decisión. —Valeria. Ella se quedó inmóvil al escuchar su nombre. Se giró lentamente. Sus ojos se encontraron con los míos por primera vez. Había sorpresa en su expresión. Y confusión. Como si estuviera tratando de recordar de dónde me conocía. Pero sabía que no lo lograría. Daniel nunca hablaba de mí frente a ella. —¿Nos conocemos? —preguntó con cautela. Una pequeña sonrisa apareció en mis labios. —No exactamente. Sus cejas se fruncieron ligeramente. —Entonces… ¿cómo sabes mi nombre? Podría haber respondido con la verdad. Podría haberle dicho que su esposo y yo llevábamos años enfrentándonos en el mundo de los negocios. Que conocía perfectamente a la mujer con la que Daniel presumía tener el matrimonio perfecto. Pero algo me dijo que ese no era el momento. —Digamos que el mundo en el que se mueve tu esposo es bastante pequeño. Valeria no respondió de inmediato. Parecía demasiado cansada para intentar entender lo que quería decir. Guardó silencio unos segundos antes de hablar. —No es un buen momento. Asentí con tranquilidad. —Lo imaginé. Hubo otro momento de silencio entre nosotros. Podía ver claramente el conflicto en su mirada. La rabia. La humillación. El dolor. Finalmente habló. —Disculpa… tengo que irme. Dio un paso para pasar a mi lado. Pero antes de que pudiera hacerlo, dije algo que ni siquiera había planeado. —A veces salir corriendo no ayuda tanto como creemos. Valeria se detuvo. Lentamente volvió a mirarme. —¿Y cuál sería tu solución? La miré durante unos segundos. Luego respondí con calma. —Tomar una decisión impulsiva. Algo en mi respuesta pareció sorprenderla. —¿Como qué? Una pequeña sonrisa apareció en mis labios. —Salir de aquí. —¿A dónde? —A cualquier lugar donde no esté tu pasado. Valeria me observó durante varios segundos. Como si estuviera intentando decidir si yo estaba loco… o si tal vez tenía razón. Finalmente soltó una pequeña risa amarga. —Nunca había hecho algo así en mi vida. —Siempre hay una primera vez. El silencio volvió a caer entre nosotros. Pero esta vez era diferente. Más cargado. Más peligroso. Valeria respiró hondo. Y luego dijo algo que ni ella misma parecía creer. —Está bien. Arqueé una ceja. —¿Está bien qué? Sus labios se curvaron ligeramente. —Acepto. No respondí de inmediato. Porque en ese momento entendí algo que ella aún no sabía. La mujer que acababa de aceptar irse conmigo… era la esposa de mi peor enemigo. Y si Daniel llegaba a descubrirlo…Cerré la puerta de la habitación del hotel y el silencio me golpeó como una losa. Me quedé ahí, de pie, mirando las paredes neutras que no me decían nada. Estaba suspendida, señalada y fuera de mi elemento. Pero en lugar de dejar que el pánico me dominara, obligué a mi mente a trabajar.Empecé a caminar de un lado a otro, sintiendo la textura de la alfombra bajo mis pies. Mis ojos, que en el reflejo del espejo se veían de un café muy clarito por la luz que se filtraba entre las cortinas, delataban mi agitación. Me solté el cabello, dejando que mi negro azabache cayera sobre mis hombros, y traté de respirar.—Piensa, Valeria. No te detengas en la injusticia, analiza los hechos —me ordené.Me senté en la pequeña mesa de trabajo y abrí mi libreta. Empecé a trazar una línea del tiempo, marcando cada minuto con una precisión obsesiva.• 10:15 AM: La Supervisora del área entra a mi cubículo. Me dice que hay un error de seis cifras y que debo ir a su oficina de inmediato.• 10:20 AM: Mientra
POV Daniel El sobre de manila sobre mi escritorio parecía una burla sangrienta. Lo miré durante un segundo eterno, sintiendo cómo el pulso me retumbaba en las sienes. Mi secretaria se había retirado casi huyendo; el aire en la oficina se había vuelto una sustancia densa, cargada de la electricidad que precede a una catástrofe.Arrebaté el sobre y lo rasgué. Al ver el membrete de la oficina de Alexander Hayes, una carcajada amarga escapó de mi garganta.—Maldito hipócrita —siseé.Hayes. El hombre que intentó impedir nuestra boda, el "amigo" que se alejó cuando no pudo controlar a Valeria, ahora regresaba de las sombras para terminar lo que empezó hace años. Yo lo había borrado de nuestra vida, o eso creía. Pero ahí estaba su firma, desafiándome desde la legalidad de un papel.DEMANDA DE DIVORCIO.Leí las acusaciones con una rabia que me nublaba la vista. ¿Ella hablaba de infidelidad? ¿Valeria, que esa noche se había entregado a Alejandro Santoro? Sentí un vacío violento en el estómago
El silencio en la habitación del hotel era tan denso que casi podía tocarlo. Dejé la caja con mis pertenencias —apenas un par de libretas y una taza que ni siquiera llegué a desempacar— sobre el escritorio impersonal. Dos días. Había durado exactamente cuarenta y ocho horas en mi nuevo empleo antes de ser escoltada a la calle por seguridad. Era, sin duda, un fracaso en tiempo récord. Daniel se reiría hasta las lágrimas si supiera que su "brillante" esposa no pudo sostener un empleo ni una semana.Pero esa misma humillación encendió algo diferente en mí. Ya no era solo el miedo a mi marido o la vergüenza ante la frialdad del señor Santoro; era el orgullo herido de una profesional.Saqué mi teléfono y vi el mensaje del número oculto."La oficina se siente mucho más limpia sin ti, princesa...""Limpia". Esa palabra fue la clave. Daniel busca poseer, no higienizar. Este ataque venía de alguien que me había observado en el pool de asistentes, alguien que, por alguna razón que yo no alcanza
El despacho principal de la empresa se sentía como una celda de cristal suspendida sobre el skyline de la ciudad. Me quedé de pie frente al imponente escritorio de caoba, con los hombros tensos y la mirada fija en el hombre que, hace apenas unas noches, había sido mi refugio. Pero hoy no quedaba ni rastro de calidez. Frente a mí no estaba el hombre que me había escuchado en la oscuridad; estaba el Señor Santoro, el hombre cuya prioridad absoluta era la integridad de su firma.A mi izquierda, Ethan Caldwell mantenía los brazos cruzados, observándome con una desconfianza que rayaba en la hostilidad pura.—Señor Santoro, se lo repito: yo no abrí esos archivos —dije, tratando de que mi voz no temblara. Mi formación como administradora me dictaba mantener la compostura, incluso cuando sentía que el mundo se abría bajo mis pies—. Estuve en la oficina del señor Caldwell durante el tiempo en que se registró el acceso al servidor.Alejandro no respondió de inmediato. Sus dedos tamborileaban rí
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