El viento del norte cortaba como cuchillos invisibles cuando Sech, Elena y Luna partieron al amanecer. La pequeña caravana avanzaba por senderos cubiertos de nieve endurecida, con los caballos pisando con cuidado entre rocas y grietas heladas. Luna cabalgaba entre su padre y su abuela, envuelta en una capa gruesa de pieles, la daga ceremonial guardada en su cinturón como un talismán. Sus ojos zafiro brillaban con una mezcla de emoción y determinación, aunque el frío le enrojecía las mejillas.
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