El viento del norte cortaba como cuchillos invisibles cuando Sech, Elena y Luna partieron al amanecer. La pequeña caravana avanzaba por senderos cubiertos de nieve endurecida, con los caballos pisando con cuidado entre rocas y grietas heladas. Luna cabalgaba entre su padre y su abuela, envuelta en una capa gruesa de pieles, la daga ceremonial guardada en su cinturón como un talismán. Sus ojos zafiro brillaban con una mezcla de emoción y determinación, aunque el frío le enrojecía las mejillas.
Horas después, cuando el sol apenas lograba calentar el aire, hicieron una pausa en un claro rodeado de pinos cubiertos de escarcha. Elena desmontó primero y ayudó a Luna a bajar del caballo, frotándole las manos para entrarles calor.
—¿Estás bien, pequeña? —preguntó Elena, su voz suave pero firme.
Luna asintió, aunque su aliento formaba nubes blancas frente a su boca.
—Sí, abuela. Solo… el frío se siente diferente aquí. Como si el viento llevara algo más que nieve.
Sech se acercó, revisando el h