El Paso de las Nieves Eternas se abría como una herida blanca entre las montañas. El viento silbaba entre las rocas afiladas, levantando remolinos de nieve que cegaban por momentos. Sech guiaba el grupo por un sendero estrecho que apenas permitía el paso de un caballo a la vez. Luna iba en medio, con la capucha bien puesta y la mano cerca de la daga ceremonial. Elena cerraba la marcha, sus ojos dorados escaneando cada sombra, cada grieta.
Al mediodía encontraron la primera señal: un árbol seco