El Paso de las Nieves Eternas se abría como una herida blanca entre las montañas. El viento silbaba entre las rocas afiladas, levantando remolinos de nieve que cegaban por momentos. Sech guiaba el grupo por un sendero estrecho que apenas permitía el paso de un caballo a la vez. Luna iba en medio, con la capucha bien puesta y la mano cerca de la daga ceremonial. Elena cerraba la marcha, sus ojos dorados escaneando cada sombra, cada grieta.
Al mediodía encontraron la primera señal: un árbol seco con la garra partida tallada en la corteza, la madera aún fresca y oscura por la savia. Sech desmontó y tocó la marca con los dedos.
—Está reciente —dijo en voz baja—. Alguien pasó por aquí hace menos de dos días.
Luna se acercó y miró la garra con atención. Sus ojos zafiro se entrecerraron.
—Es la misma que vi en el sueño —murmuró—. La misma forma. La misma profundidad.
Elena se inclinó junto a ella.
—No toques la madera —advirtió—. A veces dejan trampas o maldiciones en las marcas. Sigue tu in